17 mayo 2007

Abrapalabra: Rafo León " Ecoturismo con Alitas" ( Revista Somos)


Ecoturismo con Alitas

Hasta las iniciativas ambientales más sanas se convierten en el Perú en pachanga comercial




El turismo receptivo hacia el Perú parece estar recuperándose, lo dicen los propios empresarios que se dedican a eso. Qué bien, qué mal. Es muy fácil olvidar que el turismo es una actividad comercial más, tan actividad comercial como la producción de toallas higiénicas con alitas o los cajeros automáticos con atención personalizada.

El sector turístico tiene la ventaja de contar con las bellas imágenes de los destinos, que aún si no existen, se inventan gracias a los milagros tecnológicos de la fotografía, los medios electrónicos y el video; es por ello que los turistas siempre parecen estar disfrutando, sin contacto con la realidad agropecuaria de la mercancía. Hoy, sin embargo, se considera que el mercado turístico es el más grande y sofisticado entre los que existen en todo el mundo porque cada vez hay más gente dispuesta a gastar dinero en hacer viajes.
Debe haber muchas razonas sociológicas que expliquen esa necesidad compulsiva, más frecuente en los países del norte que en los pobres, por dejar momentáneamente la rutina diaria y embarcarse hacia una realidad ilusoria a pasar las vacaciones. Desde hace un par de décadas esa compulsión- demanda, la llaman – se viene orientando hacia ciertos lugares del planeta, subdesarrollados, poseedores de grandes riquezas naturales y culturales, donde las malas conciencias de los países ricos vienen en busca de buenos salvajes en sus hábitat originales para compensar el vacío de una existencia absolutamente satisfecha en sus lados materiales pero agujereada e insoportable en su diario aguijón.

La verde moda

La lata eficiencia del mercado turístico está todo el tiempo creando nuevos conceptos y formas de viajar según las tendencias del mercado. El llamado ecoturismo es la última moda, y si uno consulta publicaciones, hojas web o ve televisión, se dará cuenta de que vivimos en realidad en un mundo lleno de hipopótamos, niños negros que cosechan cocos de palmeras altísimas, insectos que copulan con las antenas, etnias intocadas que ignoran hasta el radio a transistores y coloridos guacamayos amazónicos. Que maravilla, si uno pudiera vivir entre ellos no tendría que soportar al jefe neurótico, al colega de oficina serruchador, a la pedilona de la esposa ni a las tentaciones imbatibles del supermercado. No sentiría esa pelota de púas metida día y noche en la boca del estómago ni tendría que manejar auto en las horas punta. Dormiría como un bebé arrullado por los marabúes y desayunaría con peces que se fríes vivos.

El ecoturismo, sin embargo, no surgió en una feria de turismo sino como parte del sistema de pensamiento conservacionista que domina el mundo de hoy. Fue en la Cumbre de Río donde se lo plateó como una herramienta para la conservación y protección de recursos naturales en parques, reservas y otras zonas protegidas. El verdadero concepto de ecoturismo no se limita a que nos vistamos de caqui, nos pongamos sombrerito verde y nos lancemos a las selvas con un par de binoculares bajo el sobaco. Se trata de algo mucho más complejo; alude a que en estas zonas protegidas las actividades de las poblaciones locales quedan restringidas a aquellas donde no hay transformación directa (agricultura) ni caza ni pesca sino bajo ciertos parámetros y queda excluida la urbanización en los términos en los que nosotros la conocemos. En buena cuenta, solo se practican actividades económicas que faculten la renovación de los recursos y se considera que el turismo eco es concierne en primer lugar a las comunidades locales.

Y se llama Perú.

En el Perú, donde somos capaces de transformar a la televisión en laura y a la política en Willy, toda esta conceptualización se ha convertido en una pachanga de empresas que brindan ecoturismo como sinónimo de observación de animales y que a las comunidades locales las parta un rayo. Por donde uno va, sobre todo en las ciudades amazónicas, encuentra propaganda ecoturística y paralelamente descubre mayor pobreza, marginación y deterioro. Es que se usó solo una parte de la definición del ecoturismo y la otra se dejó para gringos candelejones. Por supuesto, el Ministerio de Turismo ni se da por enterado y de pronto es mejor que así sea. Pero si vamos a hacer las cosas tan mal, amigos empresarios de turismo, mejor dedíquense a las toallas con alitas y no se compliquen tanto la existencia.

Fuente: Revista SOMOS del COMERCIO

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