22 mayo 2007

Abrapalabra: Rafo León " La Cruz de la Mineria ( Revista Somos del Comercio)

La Cruz de la Mineria


El racismo ignora una festividad religiosa campesina de
valor cultural incalculable.

Cada vez que regreso a Cajamarca confirmo la hipótesis que me da vueltas por la cabeza en relación al constante y creciente conflicto entre la actividad minera y la población. Sin restar el peso objetivos que tienen factores como el temor a la contaminación de las aguas, el episodio de Choropampa o el exceso de services en las contratas de trabajadores, yo estoy convencido de que lo más dañino en esa relación va por la pésima inserción del personal ejecutivo de la minera en la vida cotidiana de la ciudad. Ya lo escribí alguna vez: sentirse los dueños de las calles y plazas, levantar el polvo con sus 4x4, haber creado una situación en la que la policía trata con privilegio a quien lleva el logo de la minera en la casaca, tener un colegio propio y exclusivo para sus hijos; construir sus casas en un ghetto, con aguas termales en la tina, sin haber preguntado a nadie si eso agota o no el recurso, son conductas que la clase media local, e incluso la foránea que paradójicamente vive del auge económico generado por la minería, soporta con una ambivalencia por momentos intolerables. Y lo que acabo de observar en mi última visita, completa el panorama.
Identidad por oposición
Estuve en Cajamarca para ver la fiesta del Domingo de ramos en la comunidad de Porcón Bajo, situada a apenas veinteminutos del centro de la ciudad, al borde mismo de una excelente carretera. esta fiesta es, sin exageración, una de las más interesantes y vistosas del calendario religioso popular del Perú. La comunidad de Porcón Bajo está compuesta por descendientes de un mitimae de cañaris llevado por Túpac Yupanqui desde el norte, en el actual territorio ecuatoriano, para establecer una fuerza social aliada con el poder inca. Una compleja historia de marginación y explotación determinó que los porconeros se cerraran como grupo humano para defenderse de los cajamarquinos blancos, quienes los veían como borrachos y peligrosos. Porcón bajo hasta hoy habla el quechua y mantiene costumbres que, al decir de los estudiosos, contribuyen a conservar esa identidad establecidad por aposición.
Entre ellas, la espléndida festividad de las cruces que se lleva a cabo durante el Domingo de ramos pero que comienza varias semanas antes en una infinidad de caseríos de agricultores y ganaderos que se encuentran dispersos en las verdísimas alturas de estos territorios.
Reflejos del agua.
Parece que los franciscanos fueron los creadores de esta fiesta donde la cruz decorada con espejos ostenta el protagonismo. Me explica un expárroco de Porcón que esos espejos podrían representar al agua, un bien muy apreciado por la gente del campo, algo que resultaría coherente con el ecologismo naif de esa orden religiosa misionera. El espectáculo de cuarenta cruces gigantescas cubiertas de espejos que reflejan el Sol cuando comienza a salir no se parece a nada conocido. Los salmos cantados en quechua por rezadores ancianos que guardan los versículos desde tiempos coloniales en libros manuscritos, neutralizan la razón del visitante. La tensión entre la supervivencia de la fiesta y el crecimiento exponencial de los grupos evangélicos - para los cuales la cruz es el símbolo del demonio - compone un tema cultural de grandísimo interés. Todo ello me hacís suponer que ese domingo habría de encontrarme con varios ejecutivos de la mineria, acompañados de sus esposas y sus hijos, integrados a una manifestación de cultura con escaso parangón en nuestro país. Sin embargo, no había uno solo de esos jóvenes yupies aquel Domingo de ramos en Porcón bajo. Viajeros sofisticados venidos de europa fotografiaban la fiesta como quien registra un tesoro. Ciertos cajamarquinos cultos observaban su desempeño, uno que otro limeño descubría con fascinación el misterio de una celebración inexplicable. Pero no se contaba uno solo de los funcionarios o empleados de la empresa minera. Le comento mis impresiones al mismo ex párroco. Este me responde con la cautela de quien es satanizado día a día por cierta prensa local: " no se sorprenda, amigo, león, acá los cholos siguen siendo los chjolos y no hay más." Después que nadie se queje.

Fuente: Revista SOMOS del COMERCIO (Sábados)
19 mayo 2007.

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