14 mayo 2007

Expediciones hacia el Paititi ( El Dorado ) 10 MB Download




ANTECEDENTES


A menudo me han preguntado, qué me impulsó a realizar expediciones tan arriesgadas y azarosas que interrumpían el curso regular de mis actividades profesionales como médico, docente y funcionario, desviándolas en un sentido insólito e incongruente. Pero con mas frecuencia aún, la mayoría, creía descu­brir en mi conducta extraña, síntomas de desequilibrio psíquico contagiado por mis pacientes, y, no faltaban quienes, maliciosamente, murmuraban que había abandonado el ejercicio de mi profesión para dedicarme a buscar teso­ros. La extrañeza y la suspicacia acrecentaban al comprobar que mi pertinacia se acentuaba a despecho de las dificultades_ y frustraciones.

Quizá la mas concisa y acertada explicación del por qué de mis afanes, la dio un médico colega cuando, al enterarse de que me disponía a emprender una nueva exploración, comentaba con humor comprensivo: es que está escuchando, otra vez, el grito del guacamayo. Y, no le faltaba razón, pues, cuando atingido por la preocupación del estado de salud de los enfermos a mi cargo, trataba de aliviar mi tensión espiritual, empezaba a oír con insistencia crecien­te, el lejano concierto de voces de los animales silvestres que pueblan los mun­dos salvajes de la puna y de la selva y que, tan hondamente, habían contribuído a formar mi personalidad temprana.

Cuando tenía apenas seis meses de edad, junto a mi madre y a mi herma­no, mi padre nos llevó a vivir al valle del río Inambari, situado en lo mas pro­fundo y aislado de la región selvática del departamento de Puno. Nos trasladamos viajando dos días en tren, doce días a lomo de mula, dos días en la espal­da de un quepiri y finalmente, navegando en canoa, tres jornadas más. Des­pués, a lo largo de diez años, ese tipo de peregrinaje, se repitió frecuentemen­te, llevándonos, de mina en mina, por los departamentos del Cuzco, Apurimac y Puno, hasta que me enviaron a Arequipa para que continuara estudiando, formalmente, en un colegio. Pero, aún entonces, pasaba mis vacaciones sumer­gido en aquellas comarcas primitivas de cuya influencia nunca quise ni pude librarme.

Estudié Medicina en países extranjeros y en ambientes urbanos, para adaptarme a los cuales, hube de desplegar gran esfuerzo. Así, lentamente, cicatrizaron las heridas del desarraigo y mi vida transcurrió por las salas y corredores hospitalarios y las oficinas administrativas. Tal vez, sin darme cuenta, orienté mi tendencia exploradora hacia los campos insondables de los fenóme­nos biológicos y de los conflictos psicológicos sin que, a pesar de ello, se extinguiera el rescoldo de vivencias que episódicamente atizaban mi afán de aventura. Persistía la influencia de la vida de la infancia.

De allí que al escuchar las explicaciones que se daba respecto al signifi­cado y origen de algunas ruinas del Cuzco, se creó en mí el deseo de incursio­nar en su misterio, y buscar el motivo que justificara su satisfacción. Este surgió a través de la leyenda del Paititi que conjugaba, admirablemente, mi inci­piente interés arqueológico y mi latente afición exploradora. A su impulso, reuní cuantas versiones y tradiciones pude conseguir e inicié la larga serie de expediciones que, en el futuro, realizaría.



Sustentado en la premisa de que la técnica depurada que exhibían ruinas como las de Sacsayhuamán, Quenco, Ollantaytambo y muchas otras, no había podido nacer madura, concebí la idea de que se había ido perfeccionando en el transcurso de milenios, por un pueblo que al influjo de gigantescos fenó­menos telúricos hubiese emigrado desde los llanos selváticos hasta las cumbres andinas. Era, entonces, procedente, echarse a buscar vestigios de aquel supues­to peregrinaje.


Informado por narradores cusqueños y por los relatos del padre Bovo de Revello, configuré mi primer objetivo: encontrar los caminos que había segui­do la hueste del Inca Yupanki en su incursión a los musus, por la cordillera de Paucartambo. La tradición recogida afirmaba que tal camino se iniciaba al borde de una laguna negra situada en dicha cordillera, cerca al paraje llamado Colla Tambo. Orientado por mi ex-condiscípulo Alberto Apiani y acompa­ñado por los innatos exploradores Agustín Ocampo, Justo Paliza Luna y Ernesto Von Wedemeyer, emprendimos una expedición que duró cuarenta y un días y, aunque parezca mentira, hallamos la laguna negra y el camino de lajas que parte de ella, el que seguido tenazmente nos llevó hasta las cabeceras del río Chunchosmayo, pasando cerca del cerro Apu Catinti y nos permitió, además, descubrir cercos y casas derruidas en la cabecera de Selva donde se originan el Callanga y el Yungari.


Luego, apareció en el grupo de mis informantes, Angelino Borda, un calqueño que aseguraba conocer una gran ciudad oculta entre los repliegues de una quebrada que se originaba en el macizo de Toporake, en el confín nororiental de la Cordillera de Paucartambo. Para poder encontrarla, por primera vez, conseguí el apoyo de un helicóptero de la Fuerza Aérea del Perú, ayuda­do por Manuel Mujica Gallo y apoyado, económicamente, por el diario La Prensa de Lima. Esta expedición no llegó a su fin y se interrumpió en Quilla­bamba. Mi viaje a Estados Unidos, para seguir estudios de perfeccionamiento, creó un suspenso de un año en la prosecución de las expediciones.

El relato de las primeras exploraciones, así como la hipótesis que había venido elaborando, están contenidos en el libro Pantiacollo que escribí en Mia­mi y que, como ganador de un concurso, fue publicado en 1963 con el auspi­cio de la compañía de aviación Faucett.

Desde entonces he realizado veintisiete exploraciones por la vasta región comprendida entre los ríos Madre de Dios, Manu, Paucartambo, Yanatile, Uru­bamba, Cosireni y Apurímac. Las diez que considero más importantes, cons­tituyen el material de este nuevo libro Paititi en la Bruma de la Historia.

Los datos y las comprobaciones adquiridas en cada una de las expedi­ciones, daban pié al planeamiento de, la próxima y así se fue eslabonando la larga cadena de aventuras que crearon en torno a mi persona, la apariencia de un iluso obsesionado por una quimera arqueológica o, por la búsqueda de fabulosos tesoros. De otro lado, la resonancia pública que la prensa nacional dio a mis exploraciones indujo, a muchos, a efectuar viajes similares, estable­ciéndose una suerte de competencia que no rehuí y que, más bien, acicateó mi perseverancia. Sin embargo actué siempre con desventaja porque, por una parte, con excepción de los treinta días de vacaciones que destinaba anual­mente a las exploraciones - que eran insuficientes para culminarlas-no dispo­nía de mas tiempo. En efecto, a diferencia de lo que la gente pensaba, mis esfuerzos transcurrían dentro del campo de mi actividad profesional que se obstinó en cambiar la orientación de la salud pública con un sentido mas integral, preventivo y social; en modificar los programas académicos de la Facultad de Medicina y, en ampliar y mejorar la cobertura de servicios de la Seguridad Social, entre otros afanes.

De allí que siempre me encontrara en el dilema de no saber como repartir mis energías y mi tiempo, entre mis perma­nentes objetivos médicos y mis periódicos intereses de exploración arqueoló­gica. Por otra parte, los recursos económicos propios de que disponía fueron siempre escasos para financiar debidamente las sucesivas expediciones y para competir con mis ocasionales adversarios.

Dentro de esas circunstancias, han sido muchísimos los obstáculos que he tenido que sortear e incontables los sinsabores y frustraciones. Pero, también, invalorable el apoyo, la fe y la confianza que me brindaron personas y entidades, allegadas y hasta desconocidas, a todas las que expreso, antes de iniciar el relato, mi sincera gratitud ó mi conmovido recuerdo. No obstante, incurriría en ingratitud si no remarcara el valioso apoyo que me otorgó siem­pre la Fuerza Aérea del Perú y el que, como póstumo aliento, me sigue ofre­ciendo mi dilecto camarada de aventuras, Ernesto Von Wedemeyer, a través de la empresa que relevantemente contribuyó a forjar y que hace posible la publicación de este libro.

En Arequipa, enero – junio de 1983.


MAESTROS DEL PAITITI
PROLOGO


la Fuerza Aérea del Perú y el que, como póstumo aliento, me sigue ofre ciendo mi dilecto camarada de aventuras, Ernesto Von Wedemeyer, a través de la empresa que relevantemente contribuyó a forjar y que hace posible la publicación de este libro.Era una luz muy fuerte, concentrada, envolviendo o quizá formando parte de la misma estructura del objeto esférico que se movía en silencio hacia el Océano Pacifico. No era nada conocido. Aquella mañana, tan soleada como suelen ser los veranos en la ciudad de Lima, quedaría grabada para siempre en mi memoria. 1988 fue un año especial en lo que a observaciones OVNI concierne. Se trataba en verdad de un "activador", una señal a ser interpretada.

Siendo yo un muchacho de catorce años, y ahora un testigo más que se sumaba a los millones de personas que habían enfrentado un fenómeno que inquieta y sorprende al mundo, no podía imaginar que detrás de aquel avistamiento OVNI, se ocultaba un minucioso programa de contacto y asistencia al ser humano.

Cinco años más tarde, empezaría a recibir mensajes telepáticos de los Guías o Hermanos Mayores -como denominamos a los seres extraterrestres que nos contactan y que forman parte de este plan de ayuda a nuestro planeta- en donde nos fueron haciendo llegar importantes informaciones que nos llevarían a emprender, en agosto de 1996, una expedición a la selva amazónica, donde las leyendas ubican la legendaria Paititi o El Dorado, la ciudad perdida de los Incas, en la zona sur oriental del Perú. Según los extraterrestres, realmente la leyenda oculta un asombroso reino subterráneo.

En aquella expedición peruano-uruguaya, en medio de la exuberante jungla del Manú y ante una roca que muestra extraños símbolos, al parecer una escritura muy antigua - y oculta para el profano , fui sorprendido por un repentino visitante. Me encontraba en el hoy famoso muro pétreo de Pusharo, cuando aquel hombre oriental de larga barba, de unos 65 anos de apariencia, vestido con una túnica oro metálico y casco alargado sobre la cabeza, irrumpió entre la vegetación emitiendo un intenso fulgor dorado, iluminando el propio muro de piedra a pesar qunos hallábamos a plena luz del día. Su mirada firme contrastaba con la expresión de amor emanaba. Su presencia era impactante.

Este hombre, me habló telepáticamente afirmando ser un sacerdote de una civilización intraterrestre, cuyos orígenes se hallaban en remotas visitas espaciales a nuestro planeta y la desaparici6n de poderosas culturas y civilizaciones, mundos que perecieron ante un cataclismo global que los obligó a refugiarse en la entrañas de la Tierra y así preservar su sabiduría. ALCIR -como se identifica aquel vigilante intraterreno -- seria un Estekna-Manés o "Guardián de los Registros" de la ciudad oculta de Paititi, anterior a los incas; y aquel conocimiento que custodia y protege, celosamente, habla nada más y nada menos que de la verdadera historia de la humanidad.

Este tesoro, que como siempre he sostenido no es oro sino la eterna sabiduría, será entregado en su momento a la humanidad, que podrá acceder a su verdadero pasado y origen, comprendiendo así su presente y, por consecuencia, encaminar su futuro hacia las estrellas.

Con esta insólita experiencia -que narro al detalle en mi obra anterior "Los Maestros del Paititi"- conocí a profundidad la existencia y mensaje de la Hermandad Blanca o el Gobierno Interno Positivo del planeta. Desde entonces, el contacto no solo continua, ha madurado, entregándonos –a mí y un grupo grande de personas- un conocimiento liberador, además de un mensaje de amor, alternativa y esperanza para la raza humana.

En este segundo libro, que he titulado "El Legado Cósmico ", narro los nuevos viajes de contacto que nos conducirían a los lugares más increíbles, incluyendo una definitiva incursión al Paititi, donde no solo tuvimos un importante acercamiento con los guardianes de El Dorado, sino que fuimos parte de una intensa evaluación o prueba iniciática que nos hizo comprender, como nunca antes, que el verdadero Retiro Interior al cual debíamos ingresar, es nuestro propio corazón.

Al cruzar aquel umbral que separa al aspirante del verdadero compromiso, los Hermanos Mayores me invitaron a vivir una nueva experiencia: el encuentro físico al interior de una de sus naves, donde me develaron parte de aquella información que estaría custodiando la Hermandad Blanca, y que sostiene un inquietante vinculo genético entre los seres humanos y una antigua raza extraterrestre de Orión, un importante episodio de un proyecto o "Legado Cósmico ".


No obstante, más allá de lo asombroso que pudiese significar un encuentro cercano, y las impactantes informaciones recibidas, espero que mi testimonio -uno de tantos- pueda mostrar la real naturaleza del mensaje, que es la "piedra de toque" de tan singular experiencia.

Debemos comprender que no estamos solos en el Universo, que el ser humano tiene la capacidad de transformar el futuro a través de su propia transformación individual, y que no puede basarse en otra fuerza que en el amor aquella energía o fuente de vida que anima todas las manifestaciones del Cosmos.


Los Guías extraterrestres nos recordaron que tenemos la capacidad de modelar nuestra vida y entorno, ser artífices de nuestro propio destino. Pero para ello, como siempre reflexionamos en nuestros grupos, debemos "creerlo" para "crearlo". Existe un futuro. Existe una vía diferente.

Muchas veces me han preguntado si el contacto cambió mi vida. Pienso que más que cambiarla, la formó. El hecho de haber vivido estas experiencias desde mi adolescencia, me ha permitido crecer con una visión distinta del mundo, particularmente maravillosa.


Y es así, que luego de haber acumulado las más diversas vivencias humanas al interior de esta experiencia, donde nos descubrimos muchas veces cometiendo errores, aciertos, y con miles de preguntas y no menos respuestas- que se presentaban a lo largo de aquel camino que requiere por encima de todo constancia, sentido común, discernimiento y valentía, comprendimos a profundidad aquel mensaje que nos transmitiesen los Hermanos Mayores desde que todo se iniciara: "Al final, se darán cuenta que el verdadero contacto que necesitaban, no era con nosotros, sino con ustedes mismos... "

Espero que esta nueva entrega, en su humilde aporte, active el recuerdo que yace dormido.


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Con Amor en la Luz,
Ricardo González

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