03 junio 2007

PAITITI - La mistoria persistencia de una utopía precolombina. by Nicholas Asheshov

PAITITI

El Dorado, la última ciudad perdida, es el más seductor, inofensivo y perdurable de los mitos occidentales, y el Perú ha producido, y sigue produciendo, un inagotable chorro de realidades y fantasías, sin discusión las de mayor calidad en el mundo, que mantienen el mito vivo y a sus seguidores, machete en mano, pegados a la trocha.
Nadie se ha vuelto rico con el hallazgo de una ciudad perdida, pero hay un sueño que todos llevamos oculto en las mentes. Está claro que lo importante de las ciudades perdidas es que están perdidas. Un vez halladas, pasan al poder de los arqueólogos, y los guías turísticos no los siguen muy lejos.
Un nuevo puñado de expediciones parte esta temporada, como lo harán cada año por siempre. Hay más probabilidades de sacarse la lotería del estado de Nueva York que de encontrar El Dorado o Paititi, pero tdod expedicionario prefiere encontrar la ciudad que ganar la lotería. Descubrir el pasado ignoto es tan bueno, más verosímil y posible, que ver y tocar un ovni. ¡ Que alguien nos presente al hombre que pueda demostrar que El Dorado y los ovnis no existen!
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El Perú ha estado suministrando auténticas ciudades perdidas no sólo en tiempos remotos, como Turquía y China, sino en este siglo. Para empezar Machu Picchu, y más recientemente Pajatén y Espíritupampa a mediados de los años 60 y Gran Vilaya hace sólo 10 años.
También de los años 80 llegó Sipán, la asombrosa y rica pirámide que para estos fines califica como ciudad, no oculta detrás de los Andes en una impenetrable selva, como lo exige el saber convencional sobre ciudades perdidas, sino en la llanura del desierto norteño, casi al borde de la carretera Panamericana. pero los centros costeños como Sipán son producidos sobre todo por arqueólogos, en este caso Walter Alva, un dedicado y persistente cientifico que merece ese éxito por completo.
Pero los arqueólogos son entrenados para mantener sus narices pegadas al suelo, de preferencia bajo el suelo. Su familiaridad con el detalle práctico hace que los árboles les impidan ver el bosque. De modo que rara vez encuentran genuinas ciudades perdidas entre la maleza y de hecho casi no salen a buscarlas. No sería científico. El genuino producto es invariablemente buscado y hallado por gente que actúa como, y a veces hasta se parece a, Harrison Ford. En el caso del Perú ene ste sigle, eso incluye al senador Hiram Bingham, al coronel Percy Fawwcett, a Gene Savoy y a Robert Nichols. Unos pocos más, incluidos Vincent Lee, Robert Randall y Yoshiharu Sekino, también han destacado por lo arduo de su búsqueda, arañando la superficie de los flancos amazónicos de los Andes.
Bingham y Savoy sobrevivieron a sus aventuras y pasaron a establecerse y a ser conocidos en su propio país, Estados Unidos. Savoy Goza de buena salud en Reno, Nevada, si bien a punto de emprender una nueva aventura de navegante transpacífico, en un catamarán de caoba de 20 metros con dos dragones mochicas como mascarones de proa. Ese es el estilo en que les gusta viajar a los descubridores de ciudades perdidas. nada de tarifas reducidas en clase económica para ellos.
Nichols, Fawcett y Randall ya fallecieron. A Nichols lo mataron unos indios hace 25 años, cuando buscaba Paititi, y la misma suerte había corrido el coronel Fawcett medio siglo antes. randall por años tuvo su base de operaciones en Ollantaytambo, y falleció hace cinco años, luego de haber sido mordido por un perro.
A 40 Km. de Cusco, en Pusharo( selva de Madre de Dios), se encuentra 14 metros de petroglifos en un gigantesco muro de roca maciza, al parecer parte de una estructura religiosa, que algunos vinculan a la existencia de una ciudad perdidad que respondería a las caracteristicas del Paititi.
Entre las nuevas hornadas están Vincent Lee, un arquitecto de Wyoming, quien estaría a punto de entregar un libro sobre Vilcabamba. Yo mismo, modestamente, pasé parte de mis primeros años en el Perú buscando ciudades perdidas o personas perdidas mientras las buscaban - que es básicamente lo mismo - y soy propietario de un hotel en el Valle Sagrado que hierve de ciudades antiguas y es parte integral, por cierto, del mayor territorio de ciudad perdida que queda en el planeta.
Savoy, hoy sesentón, siempre se pareció más a Búfalo Bil que a Harrison Ford, tiene la misma perspectiva. ¿ Por qué se embarca en lugar de buscar ciudades perdidas? Viviendo entre los tahúres en Reno, uno aprende a retirarse cuando va ganando, dice ahora Savoy. Me estaba volviendo como un viejo psitolero. Resultaba demasiado fácil. Eso es peligroso.
Savoy también ayuda a explicar por qué son los exploradores y no los arqueólogos quienes encuentran las ciudades perdidas. Meterse en arqueología me hubiera frenado en seco, dice. Excavar una fosa, meterme con cosas como el carbono 14, y el resto de la fragmentaría del asunto. La clave es la historia, no la arqueología. Paren bien la oreja, exploradores. Savoy es el único hombre vivo que ha ganado la lotería de la ciudad perdida. Tres descubrimientos de los muy, muy grandes, y varios menores, siempre excelentes. A ese nivel no estamos hablando de tahúres, sino del propietario del casino.
Dos personas de mi lista salieron en pos de El Dorado, pero nunca volvieron. El primero fue el coronel Fawcett, un excéntrico oficial del ejército inglés y un competente agrimensor que entre otras cosas fijó gra parte de la frontera boliviano-peruana, tan bien que nunca ha sido cuestionada.
El coronel Fawcett hacía esas cosas en la misma época, 1910-1911, en que Bingham avanzaba por el Valle Sagrado y encontraba Machu Pichu y Rosaspata. Inspirado por el éxito de Bingham, volvió de Inglaterra a mediados de los años 20 encabezando una expedición. Peó esta vez enrumbó, vía Río de janeiro, hacia el rincón noroccidental del Matto Grosso, cerca de la frontera boliviana.
No logro recordar recordar cuál era la lógica de su búsqueda, aunque sin duda se apoyaba en las historias de los lugareños y de los indios que había encontrado en sus anteriores viajes y en levantamientos de planos. Pero desapareció para siempre y desencadenó una secuela inglesa de fiebre de ciudad perdida, que afectó a dos o tres generaciones de aventureros. La idea era encontrar al coronel Fawcett y a la Ciudad Perdida que presumiblemente había hallado, donde él y su hijo Jack supuestamente permanecían cautivos, en medio de un lujo increíble. ( Otro hijo, Brian Fawcett, vivió durante años en el Perú y llegó a ser la principal autoridad en trenes a vapor en los Andes.)
En verdad, a Percy Fawcett lo mataron los indios en 1925, como lo demostraron de manera más o menos concluyentes en los años 50 los hermanos Vila-Lobos, los especialistas en indios brasileños.
La misma suerte corrió mi amigo Bob Nochols, un recio y sencillo viajero de Oregon. Bob tenía algo más de 30 años en los años 60, de los cuales pasó varios en el valle de La Convención, al pie del Cusco, y luego en la selva de Alto Madre de Dios, al final del valle Qósñipata. Hoy sigue siendo un lugar algo difícil, aunque algunos turistas pasan por allí en canoas a motor, pero en aquellos días era un lugar realmente difícil.
Bob era un escritor excepcional y obtuvo un puesto conmigo, de reportero en el Peruvian Times. Al año me dijo que quería partir en busca de Paititi. En su paso por Madre de Dios había conseguido una versión de adentro, los datos claves de los indios, lo que fuera.
Uno no hace preguntas. Entre los fanáticos de las ciudades perdidas, Paititi es el nombre de una especie de ciudad-estado preínca o inca perdida que, en la mayoría de las versiones, sigue funcionando. Se encuentra, cuando menos, celosamente custodiada por impenetrables selvas e insalvables hondonadas,como también por culebras shushupes de más de seis metros, jaguaresy, por supuesto, por mortíferos indios.
Para Bob, esta última parte de la leyenda resultó increíble y trágicamente cierta. El, dos amigos franceses y media docena de indios mashco salieron de la misión de los dominicanos en Shintuya, y avanzaron Río Palatoa arriba. Pasaron los petroglifos de Shinkikibeni. Los Guías retornaron, luego de haberse negado a seguir adelante. Bob y los franceses continuaron. Nunca más se les volvió a ver.
Eso fue en 1970. Pasé seis meses buscando sin éxito y sin otro indicio de un Paititi. Pero dos años más tarde un callado joven japonés, estudiante de derecho, entró solo a la selva que se había tragado a Nichols. Con espléndida persistencia y coraje encontró, fotografió y conversó con tres indios machiguengas que le contaron cómo habían matado a los tres exploradores. Le entregaron suficientes trozos de papel y otros objetos como para demostrar, más allá de toda duda, que su historia merecía crédito.
Yoshiharu se adentró más de una vez, armado con fotografías tomadas desde el satélite que mostraban en esa área una serie de "puntos", al parecer en algún tipo de disposición triangular. No encontró nada, pero enrumbó hacia otras partes del país, donde produjo una formidable colección de fotografías de peruanos de las selvas y de las cordilleras. Más adelante el doctor Carlos Neuenschwander, un médico arequipeño, convenció a la Fuerza Aérea para que sobrevolara en helicóptero aquella área, la cadena de cerros pantiacolla, pero no encontró nada. Todos quieren uno, pero nunca se encuentra nada con helicópteros, dice Renato Marín, un naturalista y explorador cusqueño que conoce esta parte del mundo mejor que nadie. El Señor Marín piensa que hay buenas posibilidades de encontrar una auténtica gran ciudad por encima de las montañas ubicadas detrás de su ex hacienda, Amaybamba, en La Convención, río abajo del, propio Machu Picchu.
Dos áreas de las cordilleras y de la selva del Perú son las más consistentes productoras de antiguas ciudades y fortalezas.
El área clásica está al norte de Cusco, en cualquier punto ubicado dentro de un arco que va desde el cerro Ausangate, al sur, y corta hacia el este, a través de Quincemil, pasa el Alto Madre de Dios y el Alto manu, sube hacia Atalaya, para luego volver a subir por el flanco occidental de la cuenca del Apurímac hacia Ayacucho. En verdad, yo incluiría la mayor parte del área ubicada al norte de una línea entre Cusco y las riberas septentrionales del lago Titicaca, incluida la región fronteriza de Bolivia

Mi apreciación es que la mitad de la gente del mundo dedicada a la ciudad perdida continuará, pienso que con toda razón, peinando esta región a menudo difícil, notablemente bella, y poderosamente evocativa, y con un espléndido historial. Este lugar despide un olor a ciudad perdida y, por qué no, a tribu perdida. Los caminos incas se precipitan desde los nevados eternos a las elvas empenetrables y otros elementos esenciales, incluidos los grupos de indios peligrosos y difíciles de ubicar. Dos o tres de estos últimos han sido divisados desde la altura de un helicóptero cusqueño en los tres o cuatro pasados decenios. Algunos incluso han atacado a equipos de exploraciones petrolera (sin éxito).
La otra área está está en el norte, por Chachapoyas y la gran fortaleza de Kuélap. Es en esta región donde Gene Savoy encontró el Gran Pajatén y, más tarde, Vilaya. Savoy también encontró ene sta área docenas de otros lugares notables. También fue Savoy quien ubicó e identificó correctamente Espíritupampa, en el Vilcabamba, como el último refugio de manco Inca y Túpac Amaru.
Si usted piensa que encontrar una ciudad perdida lo volverá popular y lo pondrá en contacto con gente interesante, prepárese para una sorpresa. Quizás usted piense que sus esfuerzos, que sin duda sieron empleo a necesitados arqueólogos, le ganará el respeto de estos. De ningna manera. Detestan a Savoy intensamente y odiaban a Bingham, el descubridor de Machu Picchu, Rosaspata y un puñado de antiguas edificaciones de clase mundial. Ambos fueron formalmente acusados de saqueadores de tumbas y huaqueros (gente que desentierra ilegalmente artefactos y los vende en Sotheby´s) En una ocasión, hace un cuarto de siglo, yo personalmente tuve que desenterrar a savoy en aquel tiempo reportero del Peruvian Times, de una cárcel de Lima.
Esto son puros celos de los arqueólogos y lugareños que no tuvieron la persistencia ni la percepción necesarias para ir allí, pararse y decir¡La encontré! Ni Bingham ni Savoy reclamaron conocimiento académico especial alguno. Más bien ambos hicieron muy bien sus tareas, leyendo cuidadosamente a los cronistas. También escucharon con cuidado a sus guías y compañeros de viaje.
Haz tu investigación y punto, dice savoy. La historia es la clave. Si alguien estuvo allí y dejó un registro, anda y encuéntralo. Además, la gente de la localidad sabe. Pregunta y escucha sus respuestas.
Lo que dice Savoy parece obvio, pero en verdad nadie sigue este consejo. Este es un error que no comete otra rama de ciudadanos de los perdido, los buscadores de tesoros en galeones hundidos. En éstos, los ganadores peinan religiosamente los registros antes de echarse a la mar.
Ese no es en absoluto el estilo de la mayoría de los buscadores de ciudades perdidas. Lo que todos hacen- yo mismo lo hice - es mirar en el mapa y decirse a sí mismos y a sus compinches: Este parece un punto probable. No hay rutas, los accesos son terribles, el padre del peón de mi amigo X dijo que allí hay un camino inca que va directamente hacia esa parte y que él encontró un amuleto de oro. además, no ha sido debidamente mapeado ( Esta declaración se aplica a casi toda el área al norte del Cusco y el Valle Sagrado.)

Unas cuantas historias de viaje de misioneros- con facilidad la fuente menos confiable-, granjeros y cazadores terminan de redondear la figura y, poco después, estamos comprando suero brasileño contra mordeduras de serpientes, preguntando cuanto cuestan los helicópteros (demasiado) y encargando bolsas de plástico con cierre relámpago a Miami.
El principal argumento para pensar que Paititi no está en el mapa es que se supone que los incas pensaron que los españoles estaban tras sus últimas reservas de oro y que huyeron con ellas selva adentro.
Víctor Angles, un afable hostoriador cusqueño que ha escrito extensamente sobre los incas y su idiosincracia, dice que ésas son pamplinas. Los incas pensaron que los españoles era dioses y les entregaron hasta su última pieza de oro. No quedó nada. No hay Paititi.
Puede haber lógica histórica en el pensamiento del Sr Angles. Pero no va a ganar muchos adeptos entre la comunidad de buscadores de ciudades perdidas.
El mismo plantea un gran "pero" a su propia tesis, luego de describir cómo el Conde de castelar envió al rey de España documentos que mostraban al "Imperio de Paititi" en la confluencia de los ríos Beni y Mamoré, cerca de la frontera de Brasil con bolivia, más o menos hacia donde orientaba sus paso Percy Fawcett.
El señor Angles continúa: Cuando se profundicen los estudios sobre la vida de las tribus nativas que habitan y habitaron el oriente cusqueño, los valles de La Convención, el departamento de Madre de Dios y territorios aledaños de Bolivia y Brasil, tendremos más luces sobre el Paititi.
Esas son nuestra órdenes de marcha.¡ Sacudamos las polillas de nuestros mosquiteros!
Si usted pensaba que Terra Incognita sólo figuraba en las antiguas cartas de mar, eche un vistazo a los últimos levantamientos satelitales producidos por el Departamento de Defensa (DoD), en Washington, junto con el excelente Instituto Geográfico Militar de Lima. El DoD ( el Pentágono) puede poner un misil balístico intercontinental en la cocina del Kremlin, pero aún no llegar al remoto perú. Grandes lonjas de mapa ubicadas a un día de marcha de Machu picchu están en blanco, con la inconvincente excusa: no cubierta por aerofotografías. Y ésta es la era del satélite.
Seguidores de la ciudad perdida, tomen nota y anímense. la gente de DoD, sin duda ellos mismos seguidores de la ciudad perdida, están guardándose algo.

Fuente:
Revista Internacional del Perú " El Dorado" Nº 4 Julio - Setiembre 1996 - PromPerú

Fotografía: Patries Van Elsen ( Holanda) , Expeción al Paititi Agosto 2005.

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