15 septiembre 2007

La aventura de la Laguna de los Cóndores. ( El Comercio)

AVENTURAS. Hace una década se dio a conocer un mausoleo de 500 años con seis chullpas y 219 momias de la cultura Chachapoyas, en una montaña de la Laguna de los Cóndores. Fue considerado " un milagro arqueológico ", pese a un primer saqueo. Hoy llegar allí es un bello riesgo .

Por Miguel Ángel Cárdenas M.
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En la Laguna de los Cóndores no hay cóndores. Cuentan los colonos --como historia verdadera-- que antes volaban allí esas espléndidas aves que disfrutaban del olor y la comida de la selva. Pero que ellos, para cuidar su ganado, pusieron veneno contra los pumas y los osos, veneno que terminaron comiendo esos cóndores hoy 'no habidos'.
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El nombre de la laguna se lo puso el controvertido explorador norteamericano Gene Savoy cuando buscaba El Dorado y todavía podía mirar al animal mítico de los Andes en el cabello de cielo de la ceja de selva. Cuentan los colonos --como leyenda verdadera-- que Savoy llegó hasta la escondida laguna en los años 70 con buzos, porque existía un rumor histórico... Siguen contando los colonos --como mito verdadero-- que ese rumor era el del rescate de Atahualpa: que fueron los chachapoyas quienes juntaron el cuarto de oro y plata, pero que al desengañarse de los conquistadores españoles lo echaron en una "inhóspita laguna negra". Por las sobreabundantes nubes bajas y brumosas y el tupido bosque de niebla, Savoy no habría mirado la ladera de enfrente de la que pensaría era la laguna del tesoro.

Fue en noviembre de 1996, cuando una lluvia sobrecargada provocó un derrumbe que se trajo abajo los árboles y parte de la maleza que tapaban la visión de un alto farallón que, a cien metros de las aguas, albergaba unos inusitados mausoleos pintados de rojo ocre y amarillo.

Los colonos que cuentan estas historias son los pocos que hace 40 años no se escaparon gritando: "mi alma estaría condenada si vuelvo aquí", como hizo el 95% de ellos, porque el camino a la laguna era un intestino del diablo. El ganadero propietario del lugar, de 68 años y policía retirado, Julio César Ulillén, lo recuerda hoy con sabia rabia, porque delinear la ruta a estas tierras le costó sangre, furor y alma a su familia (sus hijos Omer y Julio lo ayudaron a cargar provisiones desde los 6 años y muchas veces tenían que refugiarse del frío y de los animales salvajes en una cruda cueva que llamaron "Gracias a Dios"), a su reputación (todo el pueblo de Leymebamba lo llamaba "el loco proyecto" porque vivía diciendo que esa zona "podía tener futuro en el futuro") y a su salud (el esfuerzo fue tanto que por una enfermedad quedó vegetal dos años; pero regresó y le puso al primer asentamiento humano el nombre de "Esperanza").
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Fueron siete peones de Ulillén los que vislumbraron las tumbas sagradas después de más de 500 años de estar libres de disturbios. Y se organizaron para ocultarle el hallazgo a su patrón y 'huaquear' buscando oro y riquezas (hoy son inubicables por la leyenda negra de que habrían recibido la maldición de las momias). Estos obreros machetearon los fardos y arrojaron, iracundos, varios esqueletos momificados allí a la laguna, porque no encontraron metales preciosos. Sin embargo, vendieron parte de la cerámica en Cajamarca hasta que las autoridades de Leymebamba --el pueblo más cercano, a tres horas de Chachapoyas, en el departamento de Amazonas-- se enteraron del saqueo. Y el caso salió a la luz en la prensa en abril de 1997: los huaqueros destruyeron el 20% de los restos, pero lo que quedó se convirtió en "un milagro arqueológico": allí se encontraban, en seis cuartos-altares funerarios, 219 momias en perfecto estado de conservación que pertenecían a altos sacerdotes y autoridades de las culturas Chachapoya e Inca, además de valiosa cerámica y 32 quipus con inestimable información.

El caso salió también a contraluz con los viajeros que se aventuraron a llegar solo para ver ese prodigio, tomando en cuenta que se encontraba en una ventana natural a cien metros de la laguna donde cae una cortina de agua. Y sin embargo, el lugar tenía un sorprendente microclima contra la humedad que permitió su conservación. Y salió a trasluz entre los arqueólogos --Federico Kauffman Doig y Sonia Guillén-- que hasta hoy viven enfrentados en una controversia por su descubrimiento y preservación.
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PELIGRO Y HERMOSURA A LA VEZ
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"Lo hice, lo hicimos", gritaba tres días después, de regreso a Leymebamba, Manuela Gil. Ella es una viajera catalana de 33 años que recorría Sudamérica cuando el terremoto del 15 de agosto la tomó en un restaurante de Pisco. Ella, alrededor de la muerte, se guareció junto a una pared que no se cayó. El milagro le dio mística para no regresar a su país, sino para agradecer el gesto divino recorriendo hasta el último rescoldo del Perú. Una vez en Kuélap, bajó caminado tres horas hasta Tingo y esperó una combi para Leymebamba. "Si no me mató ese terremoto, menos esta ruta", decía rumbo a la laguna de 3,5 kilómetros de largo, considerada una pacarina o lugar de origen mítico.
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Esta sería la mayor aventura de su vida: a caballo durante nueve horas, sin contar las veces que tuvo que caminar con el barro en las rodillas y la lluvia inacabable e inabarcable por uno de los caminos de este país más difíciles y preciosos a la vez. Manuela llegaba "justo a los dominios de una de las culturas que más sabiduría guardaban con la muerte, ¿no?", en una ruta purificadora. La senda es como un ascensor lento, elíptico y pantanoso que transita de los últimos recodos de la sierra nororiental hacia la arqueada ceja de selva. Ella tuvo que acelerar el caballo cuando nos topamos con abejas (que aquí son fulminantes), controlar que el caballo no se cayera a un precipicio de La Fila cuando se intimidó por ver una yegua muerta, y protegerse del viento apocalíptico de los 4.000 metros sobre el nivel del mar en la fila de La Atalaya, la última ladera superior de los Andes del norte. "Hay amores que calman la calma", dice Saúl Hernández en una canción. Hay lugares así también, que son estados de ánimo naturalizados. En Lajasbamba, un bosque de piedras con formas mágicas, todos lloramos sin saber por qué. En un interminable bosque de niebla, donde solo nos escuchábamos, todo cantamos sabiendo por qué.

Esa noche llegaríamos a la cabaña con nuestro guía Omer Ulillén, el hijo de don Julio César, el mayor conocedor del camino y un maestro catador de sonidos de aves. Un italiano había llegado exangüe, exhalando: "La subida a Choquequirao es el paraíso comparado con esto". Y un alemán gordo que decía no tener miedo y haber recorrido todo el mundo arribó casi exánime, cargado por un arriero adolescente.
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La mañana siguiente guardaría dos horas a pie rumbo a la laguna, a 2.700 metros sobre el nivel del mar y, a machetazos contra la maleza, por la escarpada y empinada ladera donde se encontraron las momias de 72 hombres, 75 mujeres y demás niños y hasta felinos momificados, con narigueras.

Llegar allí es lo más agudo del viaje porque es como hacerlo a un cementerio de héroes mitológicos sin conocer quién oficia el sacramento de respeto. Los farallones a medio camino de un acantilado y una pequeña catarata están decorados con pinturas rupestres de animales totémicos y seis chullpas --o contenedores funerarios con ventanas-- de piedra y barro rústico, en una fabulosa cornisa natural de 45 metros de largo por cinco de ancho, adornada con cuernos de venado. Necesitábamos expresar nuestra seriedad ante ese santuario --donde todavía quedan cráneos rituales-- del que nos podíamos desbarrancar, y pagamos con hojas de coca a la madre Tierra. El esfuerzo extremo valía horas de contemplación, para Manuela era verse de milagro a milagro. La naturaleza y la arquitectura funeraria chachapoyas pueden hacer que uno se enamore de la muerte.

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A quince minutos por otra pendiente todavía puede verse en alturas imposibles unas tumbas a las que no han llegado ni los alpinistas. Y Manuela repitió lo que tanto cuestiona a los arqueólogos: "¿cómo hicieron los chachapoyas para colocar mausoleos, chullpas y estatuas funerarias en acantilados inaccesibles y cumbres inexpugnables?... ¿quienes lo hicieron se suicidaron, destruyeron los caminos o manejaban técnicas de escalamiento superiores a las actuales?".

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Las momias se encuentran desde el 2000 en el bello museo de Leymebamba y todavía guardan las señas de la conquista inca. Los incas conservaron el mausoleo chachapoya (800 d.C.) y lo utilizaron para poner a sus propios muertos, empleando la momificación con una tecnología más avanzada. Ya ha pasado la polémica por el viaje a Austria de una docena de momias durante la gestión de Eliane Karp y las 219 están completas aquí.
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De regreso a Chachapoyas, la capital, Manuela Gil tiene ánimos de llegar hasta Karajía, donde se encontraron sarcófagos similares a los moais de Isla de Pascua imposibles de ser saqueados por la altura, a Revash, al Gran Saposoa, al Gran Pajatén, al Gran Vilaya..., cada uno con un misterio funerario sin resolver. Ella, repleta de vida, suscribiría la opinión de la antropóloga Luisa Belaunde: "Cuando uno llega a la tierra de los 'chachas', se le cae toda esa idea de que Cusco es 'el' ombligo del mundo". Porque la laguna tenía forma de un ombligo negro; pero transparente.
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Fuente: Contracorriente - El Comercio

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